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Ortega y Gasset, La rebelión de las masas

Para José Ortega y Gasset (1883-1955), la vida que vivimos es ante todo tomar decisiones "las circunstancias son el dilema". La vida pública por tanto será liberal, o la sociedad se verá abocada a políticas de masas, como mostraban en aquella época bolchevismo y fascismo. La rebelión de las masas es en este sentido la masa como vida pública, la cual no es solo política ni económica, sino también moral, intelectual, cultural, económica, religiosa, etc. El principio liberal para Ortega supone que el poder público se limite a sí mismo, y la obligación de todas las personas de contar con el prójimo sin excluirle.

La masa es para Ortega la anulación de la persona, en cuanto que supone la coincidencia de deseos, conductas y pensamientos de sus integrantes. La persona que forma "el hombre masa" está cómoda siendo idéntica en todos los aspectos a los demás. Con masa Ortega no se refiere a clase, pues la vulgaridad existe en toda clase social. La masa que nos describe Ortega es ante todo desinterés y estar cómodo con lo vulgar. Sin embargo, una persona no es selecta simplemente por querer sentirse especial, lo es aquella que se exige y busca ir más allá de su propia comodidad, buscando realizar acciones que trascienden. No hablamos de clases sociales, sino de clases de personas.

La opinión de las masas

El hombre masa no opina, sino que juzga, sentencia, "no hay cuestión de vida pública donde no intervenga". Quien no ha estudiado lo más mínimo un asunto, se cree "con derecho a tener una opinión sobre el asunto sin previo esfuerzo". La mayor parte de las personas no tienen opinión, les viene desde fuera a presión. Así el hombre masa confunde la palabrería que "ha amontonado en su interior" y poner en marcha "el surtidor de tópicos", con tener una opinión sobre algo. A las personas les aterra encontrarse cara a cara con la realidad, por eso "le trae sin cuidado que sus ideas no sean verdaderas, las emplea como trincheras para defenderse de su vida, como aspavientos para ahuyentar la realidad". El hombre masa se da por bueno él solo, intelectual y moralmente.

El individuo masa es "especialmente vanidoso", y se caracteriza por "no salir un rato de sí misma", pues precisamente en ese esfuerzo consiste la inteligencia. La masa no dedicará un segundo a estudiar, pero no dudará en dedicar horas a expresar a todo el mundo su visión. A diferencia de lo acontecido en la historia europea, el hombre masa "nunca había creído tener ideas sobre las cosas". Tenía tradiciones, experiencias, creencias... pero no opiniones sobre aspectos teóricos que implican razonamiento abstracto y un estudio profundo. "El tonto no se sospecha a sí mismo", con la "envidiable tranquilidad con que el necio se asienta e instala en su propia torpeza". El malvado descansa a veces, el necio jamás. "El tonto es vitalicio", y para Ortega "no hay modo de desalojar al tonto de su tontería".

El hombre masa jamás hubiera aportado nada a la humanidad, si no se hubiera visto forzado por las circunstancias y la privación material que caracteriza gran parte de la historia. En cambio la persona que no es masa, aún teniendo confort y comodidades, se empeña en realizar algo trascendente. ¿Es positivo que todo el mundo tenga "ideas"? En opinión de Ortega esto implica una dictadura de masas que aniquila cualquier verdad. Con la masa, la verdad queda así arrinconada, silenciada, pisoteada. "Quien no piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado".

La ciencia de las masas

Hoy existen más personas formadas en ciencia que nunca, y sin embargo, un menor número de personas cultas que nunca. Dada la fragmentación, parcelación y desarticulación del saber, el científico no sabe de ciencia más allá del trozo en el que trabaja. Existe personas "fabulosamente mediocres", dado que el científico se integra en procesos ya automatizados."El hombre de ciencia ha ido constriñéndose, recluyéndose, en un campo de ocupación intelectual cada vez más estrecho".

Nos dice Ortega que si la ciencia se separa de la lógica y la filosofía, deja de ser ciencia, pues aquello parcelado y desarticulado no puede serlo. "Quienquiera puede observar la estupidez con que piensan, juzgan y actúan hoy en política" aquellos que Ortega llama "hombres de ciencia". Y tras ellos "médicos, profesores, ingenieros, etc". Ellos simbolizan mejor que nadie el imperio de las masas. El científico "llega a proclamar como virtud el no enterarse de cuanto quede fuera del angosto paisaje que especialmente cultiva". El especialista "tomará posiciones de primitivo, de ignorantísimo, pero las tomará con energía y suficiencia". Aunque pueda parecer hiriente, si lo reflexionamos, parece como si se tratara de que nadie llegue a comprender hacia donde nos dirigimos como sociedad.

Ortega es absolutamente consciente del peligro de una ciencia que dirige la sociedad sin control "el peligro máximo de la ciencia nueva y de toda civilización que ésta dirige y representa: la mecanización". La persona de ciencia moderna no entiende bien la ciencia, ni como su parcela de saber afecta al conjunto de las cosas.

La filosofía en cambio no necesita protección ni simpatía nos dice Ortega. "Cuida su aspecto de perfecta inutilidad" y con eso se libra de la intromisión del hombre masa.

El Estado contra la sociedad

Ortega realiza una distinción que la mayoría de la población parece no saber distinguir: Estado no es lo mismo que la vida pública de las personas. A juicio de Ortega, el mayor peligro que corre el ser humano es la anulación de la sociedad por el Estado. Esto es lo que pasó no solo con el bolchevismo y fascismo que vivió Ortega, sino que es lo que sucedió a los imperios, maquinarias colosales que fagocitaron la vida social de sus pueblos. A medida que las maquinarias estatales se autoagrandan disminuye el poder social de las personas, quienes finalmente son utilizadas como un producto para mantener el sistema. La desproporción entre el poder social y el poder del Estado es para Ortega el mayor peligro de las sociedades actuales. No se mostraba Ortega optimista en este aspecto.

"La masa se dice, el Estado soy yo, lo cual es un perfecto error", y por comodidad, pretende que el Estado le resuelva todos sus problemas, dándole poder a costa de la propia sociedad. El hombre masa cree que él es el Estado, y lo utilizará para garantizarse su vida cómoda, por lo que siempre intentará "hacerlo funcionar para aplastar con él a toda minoría que lo perturbe". La masa no solo opina, sino que utiliza al Estado como instrumento para aplastar a quienes no convengan. El estatismo, nos dice Ortega, es la violencia convertida en norma. Aunque Ortega no llega a desarrollar este mecanismo, es evidente que el Estado genera estados de opinión en la masa para sus propios intereses, y la acción instrumental del Estado queda automáticamente aceptada y legitimada por la masa, cuya opinión solo es la que le meten desde fuera. Así, "las fuerzas de orden público" no impondrán las normas que la sociedad reclame, impondrán las normas que a ellas "les convenga". El Estado irá en dirección de "chupar el tuétano a la sociedad", y la sociedad que sea tan torpe de confundir vida pública y lo estatal, "tendrá que vivir para el Estado".

El consumo de las masas

Describe Ortega los beneficios que la técnica ha proporcionado a nuestras sociedades. A medida que se expandía el mercado de cosas, se expanden las posibilidades de vida y florecimiento. No llegó a ver Ortega la contracción y la imposición de esas posibilidades de vida. Yo soy yo y mi smartphone. El florecimiento intelectual que describe Ortega contrasta con el mismo proceso de atrofia cultural e intelectual impuesta por la política de consumo de masas.

El niño mimado, nos dice Ortega, alma de las masas actuales, está entre la satisfación de todo capricho como sus derechos nativos, pero sobre todo "la radical ingratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia", que demuestran por no tener preocupación alguna por nada salvo ellos mismos. Las masas quieren consumir todo lo posible, pero no piensan aportar nada que les aleje lo más minimo su propio confort e interés.

Ortega no se deja vencer por el pesimismo, pero advierte "la vieja democracia vivía templada por una abundante dosis de liberalismo y de entusiasmo por la ley". Democracia y convivencia legal eran sinónimos. "Creo que las inovaciones políticas de los más recientes años no significan otra cosa que el imperio político de las masas". Así hoy vivimos en una hiperdemocracia que impone materialmente la dirección política de la sociedad. El materialismo y no la ley imponen hoy el rumbo de las sociedades. La política masa es la política del consumo. El nihilsmo profetizaba Nietzsche. Nuestra sociedad tiene gran capacidad para realizar, pero sin ideal ni espíritu, no sabe que realizar, pues no hay más que una política de masas.

La plenitud es "una ilusión óptica que lleva a despreocuparse del porvenir", y se instala en un perpetuo presente "vacío de proyectos, anticipaciones e ideales", a la deriva de la mecánica del sistema. El colapso de las sociedades llega con la abundancia. Cuando se llega a épocas donde la vida predominante es el "señoritismo", entonces es cuando "la vida se halla amenazada de degeneración". El confort y la satisfacción de los apetitos hace que las personas pierdan el contacto con los riesgos sistémicos que existen en el mundo en todo momento. Los Estados lo saben.

Palabras finales

No acabó Ortega de analizar la relación entre masa y Estado. En esta obra parece describir la política de masas más bien como un fenómeno de abajo a arriba. Sin embargo, es evidente que no es la masa la que dirige a Mussolini, a Stalin, ni tampoco a nuestras sociedades industriales actuales. Ortega analiza correctamente que las masas consumen los productos que ha creado una minoría de ingenieros e industriosos. El mismo principio de Pareto nos muestra lo que sucede con la política. La mayoría de las personas consumen los discursos creados por las minorías que controlan los medios corporativos y estatales. Las instituciones y corporaciones que nos rodean construyen la "opinión pública" de la masa, y en definitiva, la consciencia de las personas. Pero para esto, como nos expone Ortega, también se necesita una masa permanentemente dispuesta a no estudiar.

"El alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera". José Ortega y Gasset.

Citar como: Bordallo. A. Revisión de La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset. ICNS. Accesible en https://www.icns.es/articulo_ortega-y-gasset-la-rebelion-de-las-masas

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