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Michel Foucault, El orden del discurso

Michel Foucault (1926-1984) puso gran interés en los discursos como herramientas de poder. La mayor parte de las palabras cotidianas nacen para ser olvidadas, y no permanecerán en nuestra consciencia más que unos pocos segundos. Sin embargo, otros discursos se caracterizan porque no desaparecen, sino que son permanentes, persisten, se reelaboran, y hablamos de ellos años, siglos; quizás con ciertas transformaciones, pero siguen vehiculizando nuevos actos discursivos. "Son dichos, permanecen dichos, y están todavía por decir". Esto es, se consolidan como discurso, se seguirán diciendo en el futuro, se retoman y se recitan. Un primer discurso creará nuevos discursos a partir del mismo, lo que se dice puede tener distintas formas, pero sigue realizando lo ya dicho. El primer discurso será generativo de otros discursos futuros, y a su vez los nuevos discursos seguirán retornando a lo ya dicho, pese a distintas formas discursivas y cambios de contexto.

Foucault pone luz a la historia que ha quedado tras el foco, sin embargo, no se limita a exponer los hechos por vía positiva, sino que se centra en la arqueología, en las condiciones de posibilidad, así como en la exclusión mediante los discursos. La historia muestra que el discurso no es meramente una narrativa que expresa algunos hechos, sino que el discurso es propiamente un poder, se lucha propiamente por el poder de imponer un discurso, y es la principal ganancia de toda lucha histórica. El discurso no es la totalidad de lo que puede ser dicho, ni lo fundamental es lo que se dice en él, un discurso es discurso ante todo por su caracter excluyente, por aquello que excluye del mismo.

"...en toda sociedad, la producción de discursos se encuentra la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos".

Se refiere Foucault a procedimientos que pueden ser definidos ante todo por la exclusión, siendo la prohibición el más claro de todos ellos. Pero no es necesario llegar a la prohibición para que en toda sociedad exista una mecánica de exclusión y control del discurso, basta crear mecanismos discursivos de separación y rechazo. Basta con señalar mediante mecanismos institucionales y sociales aquella palabra debe ser considerada sin valor. Se produce una separación. Nuevas instituciones producen nuevas lineas de separación, nuevos discursos oficiales que las personas integran y normalizan en lo cotidiano.

"¿Cómo van a poder compararse razonablemente la coacción de la verdad con separaciones como ésas, separaciones que son arbitrarias desde el comienzo o que cuando menos se organizan en tomo a contingencias históricas; que no sólo son modificables sino que están en perpetuo desplazamiento; que están sostenidas por todo un sistema de instituciones que las imponen y las acompañan en su vigencia y que finalmente no se ejercen sin coacción y sin cierta violencia?"

Podemos preguntarnos cual es nuestra voluntad de saber, cuando realmente separamos e insitucionalizamos coactivamente ciertos discursos. Podemos pensar en la historia como los discursos del imperio simplemente eran. Pero posteriormente comenzaron a significar algo, ya no solo eran, tenían un sentido, una relación, un significado, etc. Posteriormente la cultura clásica tuvo una voluntad de saber, hasta que algunos británicos comenzaron a pensar que el saber debía ser empírico, medible, clasificable, cuantificable, relacionado con el objeto que se hace sensorialmente accesible. Se imponía al saber y al sujeto conocedor ver, más que leer o comentar. El saber nuevamente se transformaba, ahora el saber debía ser medible, y el saber pasa a ser aquello que permite un fin instrumental. El saber debe ponerse en práctica en las sociedades, necesita diseminarse, institucionalizarse, necesita un poder de coacción que finalmente lo imponga como cosmovisión. El nuevo saber, la nueva "voluntad de verdad", mediante su institucionalización, por su separación de lo otro, implica además la exclusión de otras cosas.

"Es necesario concebir el discurso como una violencia que se ejerce sobre las cosas"

Una práctica busca legitimarse apoyándose en sucesivos discursos. Por ejemplo la institución penal moderna se legitima primeramente en el derecho, posteriormente en la sociología, y luego en la medicina y psiquiatría. Esto es la búsqueda de un discurso que permita racionalizar la institucionalización como "verdad" de cada época. Hoy la verdad es biomédica, porque es lo que la sociedad percibe hoy como su autoridad legitima. Sin embargo, muchas prácticas del sistema judicial y penal se hacen frontalmente en contra de la evidencia científica, solo hay que mirar la literatura científica. ¿Qué voluntad de verdad se persigue entonces?

"en la voluntad de decir ese discurso verdadero, ¿qué es por tanto lo que está en juego sino el deseo y el poder?"

Uno de los centros del discurso es el autor, no como producción material y autoría, sino que el autor es el propio significado del discurso. Este punto en el que repara Foucault muestra la realidad sociocognitiva del razonamiento humano, el cual está lejos de ser un mero razonamiento lógico. El significado de un discurso no es determinado mediante lógica aristotélica, lógica proposicional, ni mediante un análisis sistemático de datos empíricos. Nuestro cerebro selecciona veracidades y acepta discursos por otros motivos, sobre todo de significado social. Uno de los puntos más importantes de verdad y significado de un discurso es el propio autor del mismo. Es quien genera al lenguaje su realidad, coherencia, su diseminación como verdad social. Una afirmación sobre salud será tan válida como su autor, de aquí el abuso del "experto" en este terreno, y en muchos otros. Hay discursos cuyo significado solo es el autor que lo habla, y lo experto no son las palabras veraces o exactas del discurso, sino que es su autor el que confiere la propiedad de experto a tal discurso. La persona es el significado. El discurso es la identidad de lo aceptable.

Del autor podríamos llegar a la autoridad, no particularmente abordada en este libro por Foucault, quien nos dice "una disciplina no es la suma de todo lo que puede ser dicho". Sobre este aspecto, el autor nos dice "la medicina no está constituida por el total de cuanto puede decirse". Una disciplina es ante todo la supresión de otros discursos. La medicina, nos dice Foucault, está construida "tanto sobre errores como sobre verdades, errores que no son residuos o cuerpos extraños, sino que ejercen funciones positivas y tienen una eficacia histórica". Podríamos discutir el concepto de error que usa Foucault. Por ejemplo, el concepto de serotonina no es un error, algo científicamente sin evidencia, es ante todo la transformación del estado de ánimo en un discurso farmacéutico, supone cambiar el lenguaje de las personas, sus creencias, su forma de comunicarse, su forma de percibirse como personas, y su forma de percibir sus angustias, imponiendo incluso unacultura popular. "No hay quizás errores en el sentido estricto, pues el error no puede surgir y ser decidido más que en el interior de una práctica definida".

Lo verdadero o erróneo es ante todo el discurso que se impone y el discurso que se suprime, pues todo discurso es la supresión de una parte de la totalidad que puede ser dicha. El discurso no se caracteriza tanto por lo que se dice, sino por lo que se suprime. La historia de la medicina es fundamentalmente la historia de la supresión de otros discursos a través de una "policía discursiva". Podría poner muchos ejemplos de esto, partiendo del error grosero de confundir salud pública y oferta médica, algo fuertemente coaccionado por las diversas instituciones para ser silenciado, pero no es el lugar.

"¿Acaso el sistema judicial y el sistema institucional de la medicina no constituyen también, al menos en algunos de sus aspectos, similares sistemas de sumisión del discurso?"

Comentarios finales

Nuestra vida cotidiana forma una "sociedad de discurso, quizá difusa, pero seguramente coactiva", nos dice Foucault, generando "rituales del habla". Nada más certero. La coacción está en todas partes, en la policía de balcón presa del pánico moralista que hemos visto en dosis generosas, en las instituciones que se arrogan ser la ciencia y la verdad última de las cosas, en las instituciones educativas que imponen ciertos discursos y suprimen otros, en las instituciones que defendiendo mediante ley positiva los intereses oligárquicos dicen ser la justicia de la vida pública, etc. Esto genera un marco operativo rutinario, inconsciente, vicario, que separa el discurso permitido, verdadero, aceptable, del excluido. Por normalizado es altamente coactivo. Lo curioso es como las personas defienden con vehemencia este sistema institucionalizado de coacciones en cadena que suprime la posibilidad misma del habla entre personas. Si lo pensamos ¿qué somos sin discursos?. Nos encontramos con algo terrible: con nosotros mismos, sin discursos de otros, y sin discursos de instituciones que repetimos no somos nada más que seres inseguros y miedosos. En una sociedad formada por personas que razonan coactivamente bajo esquemas positivistas dirigidos a la razon instrumental y al objeto, se hace difícil la comprensión no coactiva.

Se acusa de "oscuros" a muchos autores "postmodernos". Mi visión es que muchas personas tienen dificultades con la comprensión lectora y con el razonamiento de aspectos epistémicos profundos, que van más allá de las relaciones causa efecto refinadas del pensamiento positivista que encaja perfectamente en el sistema nervioso de coherencia central débil. Lo claro u oscuro de todo texto, es el conocimiento del lector, su capacidad analítica, y su comprensión lectora. Muchos textos científicos son tan oscuros como muchos textos "postmodernos", y utilizan jerga sofisticada para ocultar la carencia de sustancia empírica.

Aborda Foucault la locura como ejemplo clásico de separación y exclusión. Hoy toca el negacionista o el antivacunas contra "la ciencia" que separa el discurso verdadero, y a las personas dignas del indeseable. El fin es el mismo, se trata de etiquetar para generar rechazo antes de que pueda darse algún tipo de razonamiento, entendimiento, comprensión profunda, o debate sobre algo. Se busca precisamente torpedear estos procesos. Los occidentales no censuramos, o eso creíamos al menos hasta hace poco. Es más sutil, una coacción diseminada por toda la sociedad que impone los discursos debidos, las verdades a buscar, y las exclusiones de los indeseables.

"...las coacciones del discurso: las que limitan sus poderes, las que dominan sus apariciones aleatorias, las que seleccionan a los sujetos que pueden hablar". Michel Foucault.

Citar como: Bordallo. A. Revisión de El orden del discurso, de Michel Foucault. ICNS. Accesible en https://www.icns.es/articulo_michel-foucault-el-orden-del-discurso

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