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Historia de las Formas del Estado. Dalmacio Negro. Ontogenia de la distopía contemporánea.

En este libro de Dalmacio Negro nos encontramos una filosofía de la historia centrada en el desarrollo del Estado. Solemos usar el término Estado para referirnos indistintamente a un gobierno, a un país, a una nación, etc. Sin embargo, el concepto de Estado no es la forma de gobierno, ni un territorio geográfico, sino más bien lo que llamaríamos el sistema.

Dalmacio Negro nos introduce al desarrollo histórico de esta estructura, la maquinaria racionalista, técnica, que permite no meramente gobernar, sino estructurar y blindar el poder independientemente de quien gobierne. Las instituciones (Foucault) o las profesiones (Illich) son la forma en la que se disemina el Estado en cada rincón del panóptico, hoy alcanzando su máximo dominio con la vigilancia, control y análisis casi total de las comunicaciones de toda la sociedad, que dejan a la Stasi en un cuento infantil. El Estado es ante todo un sistema, la maquinaria que mejor garantiza la institucionalización del poder al mecanizar procesos mediante una dinámica impersonal de ejecución. El Estado es fundamentalmente la institucionalización de un sistema de coacción que se autoimpone paralizando la propia vida. La conducta de las personas y la propia vida pasan a ser un producto de consumo que se ensambla en la dinámica que impone este sistema de coacción. Rápidamente nos vemos inmersos en ideas que recorren el pensamiento de autores tan diversos como Foucault, Rousseau, Weber, Hayek, Jouvenel... y por supuesto el contractualismo hobbesiano. El primer asalto con Dalmacio Negro puede ser abrumador, por lo que no es un libro recomendable sin tener cierto conocimiento previo a nivel histórico y filosófico.

La crítica a la racionalidad fue la base de buena parte de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, que Dalmacio Negro centra en la ontogenia del Estado desde las propias Polis. El modelo griego fue retomado en las Signorías italianas, donde muchos intuitivamente localizamos el origen estatal unido al Renacimiento. Nos dice Dalmacio que uno de los antecedentes del Estado es el Papado, forma política de la Iglesia en Europa occidental, como ya notara el anarquista Proudhon haciendo referencia al Estado como hermano pequeño de la Iglesia. Sin embargo, para que el Estado pudiera concentrar su poder en torno a las monarquías era necesario quitar el poder a la Iglesia, para extender sus dominios y garantizar el crecimiento mediante la estatalidad.

Bajo el Estado, orden social y el orden político comienzan a ser inseparables, y progresivamente el derecho queda pervertido a un mero dictado de la ley. Aunque varíen las formas de gobierno a lo largo de la historia, nadie ha podido impedir la ley de hierro de la oligarquía: una minoría manda, y la mayoría obedece. Con el nacimiento del Estado ya no hay simplemente un gobierno de las cosas, sino que se institucionaliza un sistema de control social y de producción que mecaniza no solo los bienes, sino toda acción humana, incluida la psicología de las personas, su consciencia, su pensamiento (la "opinión pública"), la cosmovisión... fagocitando la evolución natural del ethos de las comunidades, y la libertad. Progresivamente el Estado genera una dependencia a este mismo sistema para la subsistencia de los pueblos, y se autoagranda hasta hacerse incontrolable en su camino hacia el Estado Total. Cualquier persona un poco observadora puede ver que estamos en esta dirección sin freno. Lo políticamente "representado" que quiera sentirse un ciudadano obedece exclusivamente a su vida psicológica privada, no a un "contrato" bajo principios de "soberanía popular" que la persona no ha firmado, ni siquiera visto en ninguna parte, salvo en su imaginación.

El ethos es progresivamente convertido en un formalismo autocumplido al que la sociedad se somete, cada vez menos consciente de este aspecto puesto que la consciencia de las personas se estatifica y se integra en el sistema de mecanismos técnicos, racionales y productivos. Las personas incluso encuentran atractiva la comodidad de delegar los asuntos de la comunidad en una serie de gestores que le "representan", transfiriendo voluntariamente el poder. Podríamos hablar de la voluntad individual cuando el ethos y la consciencia de la persona es precisamente formar parte del sistema de procesos. Pese a los cambios de formas, y los cambios de nombre, una minoría de personas dirige el destino de la mayoría buscando autoperpetuar el sistema de poder. La vida misma se aleja de las personas y pasa a ser la propia mecánica del sistema. La vida deja de ser la persona y se convierte en el proceso. Lo legítimo es retórico, en cuanto el Estado se autolegítima creando el derecho y el ethos a placer. Puede verse cotidianamente a unos ciudadanos moralizando a otros en términos relativos "si yo cumplo, tu también". La moral y el ethos, en lugar de tener un sentido de virtud de una conducta, o la libertad de ejercerla, es desplazada a la mera obediencia. La virtud es transformada en obedecer. Tenemos ejemplos de absolutos delirios con excusa médica, la próxima gran cosmovisión para justificar el autoritarismo del estado que avanza a la racionalidad técnica totalizante.

Recordemos que Weber ya definía el Estado por su monopolio de la violencia. Así, mientras los reyes eran meros administradores de un territorio, con la expansión del mecanismo del Estado "consustancial con la coerción", encontramos que durante la historia "los gobiernos monárquicos consiguieron monopolizar la violencia gracias a la estatalidad". Solo su capacidad para infundir temor iguala su capacidad mecánica de coacción. En último término, el Estado está "al servicio de los fines del poder" y solo busca su propio agrandamiento y perpetuación. Aunque se puede discrepar de algunos puntos con Dalmacio, el libro aborda aspectos de forma profunda. Si se le puede poner algún pero es que en algunos puntos es algo reiterativo, mientras que otros aspectos podrían estar mejor introducidos para hacer la lectura más amigable.

Dejando de lado mis reflexiones, el libro de Dalmacio puede ser un hueso duro de roer para el lector, pero es de interés para entender de dónde venimos, y también hacia donde nos dirigimos. El Estado no ha devuelto nada de lo que ha tomado a las personas y comunidades durante siglos. Dalmacio también intuye que irremediablemente vamos a ser fagocitados por los productos del biopoder y las bioideologías, mencionando de pasada este aspecto. El libro mira más atrás que adelante, por lo que no explora aquí la agenda biomédica y biotecnológica que viene, si no nos extinguimos antes con los numerosos frutos que nos deja el "progreso" nuclear o biológico. Algo que no podemos mencionar mucho porque el Estado y sus algoritmos nos vigilan. Tenemos por delante muchas preguntas sobre el Estado y sus instrumentos de poder, la oligarquía. ¿A quién pertenece el conocimiento derivado de los algoritmos que entrenamos miles de millones de veces al día con nuestros movimientos y conexiones? ¿Qué es lo que se va a controlar con esa base de los datos de todos los ciudadanos? ¿Por qué en el mundo empírico no se puede espiar ni silenciar a una persona, pero en el mundo digital el Estado y la oligarquía recolectan datos y censuran a quien conviene?

Suelo decir que no estoy seguro que una sociedad nihilista y cínica como la actual, que desconoce todo lo que sucede en los niveles más elementales del mundo que nos rodea, pueda sobrevivir mucho tiempo sin colapsar. El siglo XX nos trajo sin duda mucha destrucción, pero existía en el horizonte la esperanza de que tras la devastación, solo podía venir algo mejor. Y hubo un esfuerzo internacional para no ir por aquel camino. Pero duró poco, y todo aquello es folclore histórico para la sociedad del smartphone. Podemos hablar de Orwell, pero incluso recordando 1984 no se encuentra una sociedad tan infantilizada y alienada como la actual, ni los instrumentos de vigilancia y control tan sofisticados. A diferencia del siglo XX, no existe horizonte esperanzador a la vista, sino una concentración de poder inescapable.

Dado que lo inmaterial y lo espiritual es consustancial al ser humano, todo ser humano tiene la necesidad de sacralizar, desde las evidentes utopías felices que sucedieron en los últimos siglos, a "la ciencia" donde se han desplazado las angustias existenciales y las creencias de quienes creen tener mayor razonamiento crítico que el resto. La ingenuidad psicológica y epistémica es divertida. Tienen un punto de razón los constructivistas cuando dicen que el lenguaje crea la realidad, algo que en realidad sabe cualquier propagandista político o de marketing. Sin embargo, mucha gente se incomoda cuando surge el asunto del constructivismo. La relación del lenguaje con el pensamiento no obstante es llamativa, ya que a algunas personas el lenguaje les permite pensar, y a otras se lo impide.

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