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La medicalización de la muerte

La medicalización de la muerte
Ainhoa Pérez
Ainhoa Pérez
Alumni
    Alfonso Bordallo
MPH, MSc.
Algunos artículos como el publicado por Lancet Commission on the Value of Death discuten como la medicalización de la muerte ha generado muertes más solitarias, impersonales y desvinculadas de la familia y la comunidad. En esta revisión realizamos algunas reflexiones sobre el proceso de medicalización de las etapas finales de la vida.

MEDICALIZACIÓN DE LA MUERTE

La introducción de técnicas como la reanimación cardiopulmonar, el soporte ventilatorio, etc, a menudo han prolongado las etapas finales de la vida. Este cambio ha supuesto trasladar el escenario de la muerte del hogar y la familia al hospital y el personal sanitario, otorgando a los médicos el control y significado de esta etapa, eliminando con ello el control y la vivencia de la persona sobre sus últimos momentos de vida. Con ello, se arranca la experiencia individual, familiar, cultural y espiritual del final de la vida, convirtiéndola en un acto puramente técnico, hospitalario y administrativo, que suprime los planos de experiencia, significado, vivencia y decisión sobre el propio proceso personal.

Definir la muerte puede parecernos algo obvio, sin embargo, lejos de ser algo evidente, constituye una de las preguntas más complejas de responder, incluso en sentido propiamente biológico. La muerte no es un proceso unidimensional, sino que implica varios planos a nivel de causalidad y percepción, además de conducir a cuestiones ontológicas profundas sobre las que la humanidad lleva reflexionando miles de años. Así, la consciencia es en realidad más definitoria de la vida y de la muerte que el elemento meramente biológico y corporal. Es decir, la experiencia consciente que permite percibir el proceso vital, experiencial, perceptual, cultural, social, espiritual, etc. Como tratamos la muerte implica necesariamente una toma de posición sobre la identidad, la autonomía, la dignidad humana, así como el sentido y el valor de la vida.

La institucionalización de la medicina en la sociedad suprime otras formas de decisión y acompañamiento de las personas en el final de su vida. La experiencia personal es tecnificada, rodeada de monitores e intervenciones invasivas en hospitales. Las políticas por defecto se traducen a intervenir con todo lo disponible, a menudo cuando ni siquiera existen expectativas razonables de beneficio, incluso en contra de lo que el paciente y su familia hubieran deseado (Nix et al., 2025). Otras veces es la familia la que persigue dicho intervencionismo contra toda expectativa razonable. Esto muestra la reproducción estructural en la consciencia humana: la psique de médicos y pacientes es estructurada por igual, ambos reproducen un mismo esquema cognitivo y axiológico tecnificado. La muerte pasa así a ser tratada simplemente como un evento médico, técnico y administrativo, significada como mero proceso, algo que aplazar utilizando medios médicos. Esto ha generado muertes más solitarias, impersonales y desvinculadas a nivel experiencial, familiar, comunitario y cultural (Sallnow et al., 2022). Adicionalmente, en enfermedades como el cáncer y en pacientes frágiles la atención agresiva a menudo aumenta el sufrimiento sin mejorar la supervivencia de forma proporcional. Los incentivos económicos, una cultura sanitaria medicalizadora, la fascinación tecnológica de la sociedad, y las expectativas sociales producidas por esta sistemática alimentan esta práctica, desplazando objetivos centrados en el respeto a los valores éticos, culturales, y del propio proceso vital de la persona.

LA MUERTE COMO PROCESO DE INSTITUCIONALIZACIÓN

La propia pretensión de protocolización implica una visión institucionalizada de la experiencia de la muerte. Así, es legítimo preguntarse quién decide qué prácticas son adecuadas para el fin de la vida, a qué recursos se da acceso, y qué recursos son negados. El final de la vida ha ido conviertiéndose en un acto administrativo e institucionalizado (Thumma et al., 2024). Políticas públicas, criterios médicos institucionales, y normativas legales, definen qué cuenta como muerte y bajo qué condiciones se reconoce la misma. Aunque la muerte suele asumirse como el cese de funciones vitales, incluso dentro de la medicina persisten desacuerdos: ¿es la muerte la pérdida de la actividad encefálica, el paro cardiopulmonar, la interrupción irreversible de la integración orgánica...? (Nowak, 2025). Algunos defensores de la muerte cerebral sostienen que este criterio permite compatibilizar el respeto a la vida con la viabilidad de los trasplantes. Otros lo rechazan por considerarlo insuficiente y arriesgado, especialmente cuando el cuerpo mantiene funciones gracias al soporte vital (Nowak, 2025). La coexistencia de definiciones genera una "multiplicidad de muertes" que son activadas según el contexto hospitalario, legal o simbólico (Irfan et al,. 2025). Así, la legalidad oscila entre modelos como el Uniform Determination of Death Act en Estados Unidos (una ley que define la muerte como el cese irreversible de la función cardiopulmonar o de toda actividad cerebral, incluidas las funciones del tronco encefálico) o el enfoque del common law británico que requiere decisiones caso por caso (Schuklenk, 2024; Thumma, Weeks & Farahany, 2024). Esta variabilidad genera diferencias tanto en la validación de la muerte neurológica, como en el momento legal para retirar el soporte vital.

Los marcos administrativos delimitan las formas legitimizadas y normativizadas de morir. Esta regulación, lejos de ser neutra, es el producto de elecciones ideológicas, políticas y económicas que suprimen valores y prácticas asociadas al final de la vida, para imponer una visión intervencionista, invasiva y unidimensional de la misma. El hecho de que una persona pueda decidir pasar un proceso no intervencionista de muerte es visto con recelo en la comunidad médica. A pesar de ello, han surgido iniciativas comunitarias que buscan recuperar la dimensión relacional y espiritual del morir, ofreciendo acompañamiento humano, emocional, y continuidad del rito y del sentido, cuestionando la medicalización del final de la vida (Donley-Fannin, 2024). El objetivo no es excluir la intervención clínica cuando es razonable, sino reequilibrarla, devolviendo al proceso del final de la vida su dimensión familiar, cultural y espiritual. Debe hacerse énfasis en la expropiación del significado de la muerte y de las decisiones sobre la misma que ha producido la medicina. Con ello, de la necesidad de incluir la voluntad del paciente y sus creencias en la determinación del momento de morir (Irfan et al., 2025). La integración de la espiritualidad como determinante de salud sigue siendo una deuda pendiente en la mayoría de sistemas (Long et al., 2024).

En estudios cualitativos se ha preguntado a las personas por el significado de una "buena muerte". Su sentido varía según marcos institucionales, médicos, sociales, culturales y espirituales. Para algunas personas, una buena muerte significa morir en casa y con tranquilidad. En un análisis comparado de discursos contemporáneos sobre el final de la vida, Coret y Martimianakis (2023) identificaron trece formas distintas de describir la "buena muerte". Algunas priorizan la autonomía, el control o la ausencia de dolor; otras, la preparación espiritual o el acompañamiento emocional. Sin embargo, progresivamente, la muerte es vista simplemente como un proceso médico consistente en agotar todos los recursos técnicos y asistenciales disponibles. Estas diferencias no son menores: muestran sensibilidades individuales y familiares radicalmente distintas, y estructuran decisiones políticas y clínicas (Zaman, 2025). Adicionalmente, la medicalización de la muerte muestra una paradoja global: mientras en países de ingresos altos se practican intervenciones desproporcionadas sin beneficios claros, cuando no formas de prolongación del sufrimiento. Millones de personas en contextos vulnerables mueren prematuramente sin acceso a cuidados básicos o alivio del dolor, existiendo exceso en unos lugares y carencia en otros (Sallnow et al., 2022), efecto producido por políticas penales sobre el control de sustancias sin evidencia (Escohotado, 1998).

En países como India o Japón, la preparación espiritual y los rituales comunitarios siguen siendo centrales, mientras que los cuidados espirituales son escasos, poco adaptados y desiguales, especialmente en Occidente (Ortega-Galán et al. 2019). Integrar cuidados paliativos culturalmente sensibles, incluir a las familias y a la comunidad y si fuera necesario, figuras de acompañamiento son pasos necesarios para devolver al morir su dimensión plural, irreductible a un único plano experiencial o procedimental. La medicalización, por tanto, no es inevitable ni universal, sino una visión y una decisión política, económica e institucional sobre el proceso de muerte. Este proceso ha alterado no solo dónde y cómo se muere, sino quién decide y con qué valores se decide sobre la muerte en la sociedad. Incluso el duelo pretende ser absorbido por la lógica patologizante: prácticas culturales han sido reemplazadas por diagnósticos que imponen vivencias normativizadas que patologicen lo que produce la pérdida de sentido, como el "trastorno de duelo prolongado" (Smith, 2024).

Los problemas filosóficos, lejos de resolverse, aumentarán en los próximos años. La llamada resurrección digital, a través de sistemas de inteligencia artificial como Thanabots o Deadbots, permite recrear la voz, imagen o incluso la conversación de personas fallecidas a partir de sus huellas digitales (Rodríguez Reséndiz, 2024). Pronto podrán crearse réplicas de personas que interactuarán como tales a partir de la información suministrada, con algoritmos que ofrecen nuevas formas de presencia. La muerte, antes ligada al cuerpo, se expande hoy al plano digital desdibujando la separación entre materia y consciencia.

CONCLUSIONES E IMPLICACIONES

Ivan Illich advirtió en Némesis médica que la medicalización de la muerte desplaza a la familia, la comunidad y la espiritualidad, sustituyéndolas por monitores, protocolos y diagnósticos. Sin embargo, no solo es una expropiación de la salud; supone una colonización psicológica, cultural y ontológica.

La ciencia no ha podido responder a la pregunta sobre lo que es la muerte. Aunque la percepción mayoritaria en las sociedades occidentales se reduce desde una coordenada materialista a la pérdida de funcionalidad biológica, es la consciencia lo que mejor define la vida y la muerte. No son pocos los científicos (Wheeler, Penrose...) que han planteado serias dudas sobre los aspectos definitorios de la realidad, y han pasado de proyectar un marco epistémico de materialismo ingenuo sobre la realidad (incluyendo el fisicalismo reductivo), a un agnosticismo y una apertura intelectual más honesta respecto a lo que decimos conocer o llamamos "ciencia". No tenemos una respuesta sobre la realidad última que experimentamos.

Morir no puede reducirse a un evento material-biológico que dirigir técnica y administrativamente. Supone una experiencia existencial en primer lugar, la cual ha sido expropiada sin que las personas sean conscientes. Con ello, literalmente, se deshumaniza a las personas, y se les impone un marco perceptivo y decisional sobre sí mismas y sobre las experiencias conscientes de su ser. Devolver la condición humana, simbólica, familiar y espiritual compartida al morir es un imperativo ético. Replantear el significado de la muerte puede ser para muchas personas una forma de recuperar su paz y su libertad personal. Esto implica aceptar que no todo puede ser controlado ni tecnificado, ni esta relación instrumental con las cosas supone siempre la mejor decisión. Paradójicamente, la muerte es uno de los pocos espacios restantes de la vida donde el cuidado, y el espacio personal y familiar de las relaciones humanas adquieren todo su sentido.
#Duelo #medicalización


Referencias:
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Coret, M., & Martimianakis, M. A. (Tina). (2023). Conceptualizations of "good death" and their relationship to technology: A scoping review and discourse analysis. Health Science Reports, 6(7), e1374. https://doi.org/10.1002/hsr2.1374

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* Las noticias publicadas sobre estudios no suponen un posicionamiento oficial de ICNS, ni una recomendación clínica.
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