Nutrición
Reducir la ingesta de grasas saturadas no disminuye la mortalidad
Un Meta-análisis reciente realizado por investigadores de varias universidades en Japón (Yamada et al, 2025), no encuentra una reducción de la mortalidad mediante un menor consumo de grasas saturadas. Explicamos en detalle los hallazgos del estudio y sus implicaciones.
Existe un extenso meta-análisis previo realizado por el grupo de Cochrane (Hooper et al, 2020), que muestra resultados consistentes en cuanto a mortalidad por cualquier causa y mortalidad cardiovascular. No obstante, comparando ambas revisiones sistemáticas encontramos algunas diferencias relevantes. Por ejemplo, hay estudios importantes no incluídos en el meta-análisis más reciente de Yamada et al, como el Women´s Health Initiative 2006, Ley et al, 2004, o Women´s Intervention Nutrition Study 2006. Son estudios relevantes, por ser más recientes que la mayor parte de los ensayos clínicos incluídos en ambas revisiones, y por tener mayor peso potencial para el efecto combinado que todo el meta-análisis de Yamada y colaboradores. No obstante, los resultados de estos estudios son consistentes con las conclusiones generales no encontrando efectos significativos, por lo que su inclusión no cambia las mismas. El motivo de la exclusión de tales estudios del meta-análisis de Yamada et al. son los criterios de inclusión más astringentes, limitando los ensayos clínicos incluídos a la restricción de grasas saturadas como objetivo específico, mientras que la revisión Cochrane incluye estudios con intervenciones dietéticas más amplias en las que exista una disminución de grasas saturadas. No obstante, la revisión Cochrane también incluye un análisis de subgrupos seleccionando estudios con el objetivo específico de reducción de grasas saturadas, sin que nuevamente suponga ningún cambio en las conclusiones.
Entre las principales limitaciones del meta-análisis de Yamada et al, destaca la antigüedad de los ensayos incluidos y la ausencia de pre-registro. No obstante, si comparamos los estudios más antiguos y más recientes, no se aprecian grandes diferencias en las conclusiones. Dado el tipo de intervención y la imposibilidad de cegar a los participantes en un protocolo nutricional, ningún ensayo fue calificado como de bajo riesgo de sesgo en todos los dominios. Con todo, los estudios abarcan un tamaño muestral importante, y la mortalidad es una variable menos sujeta a sesgos. Aunque la mayor parte de las intervenciones se realizaron en contextos de prevención secundaria, dos ensayos clínicos fueron de prevención primaria, sin que muestren tampoco diferencias destacables respecto al efecto observado en el resto de estudios. Otra limitación relevante es que en una intervención alimentaria no se disminuye la grasa saturada de manera aislada, sino que más bien se están reemplazando unos alimentos por otros. En gran parte de los estudios, la restricción de grasas saturadas se realizó mediante sustitución por grasas poliinsaturadas. No obstante, el análisis de subgrupos de Hooper en Cochrane muestra que las conclusiones no varían significativamente según el tipo de macronutriente de reemplazo. De hecho, los efectos hallados son robustos, manteniéndose las mismas conclusiones en prácticamente todas las comparaciones adicionales realizadas: reducciones de colesterol alcanzadas, riesgo de sesgo, duración del seguimiento de los distintos estudios, sexo, etc. Otra limitación de los estudios es que hay diferentes ácidos grasos saturados, con diferentes efectos biológicos, y formando parte de alimentos más saludables que otros.
Mientras que reemplazar grasas saturadas por grasas insaturadas o cierto tipo de carbohidratos puede reducir el colesterol LDL, esta reducción no se traduce necesariamente en una menor incidencia de eventos cardiovasculares o de mortalidad. La lógica mecanicista implícitamente aprendida en las facultades de medicina y ciencias de la salud es una parte sustancial del problema, promoviendo un razonamiento inductivo constante desde lo particular, que comienza con el primer día mismo de clase. La medicina basada en la evidencia requiere razonar deductivamente desde una premisa mayor sustentada en las consecuencias clínicas, llegando a la conclusión mediante la premisa menor. Lo contrario supone elaborar un razonamiento especulativo bajo un suspuesto reduccionista de partida. No significa que sea la única manera de razonar, pero debe comenzarse por estudiar la evidencia sobre desenlaces duros investigados de forma sistemática en primer lugar. Los psicólogos dedicados al estudio de la lógica y la toma de decisiones llevan aproximadamente 50 años estudiando los problemas de razonamiento probabilístico de los médicos, ampliamente documentados. Por alguna razón, no se querido poner solución a esto en las facultades de medicina, mediante asignaturas específicas de epistemología y lógica aplicada a la clínica. Más aún, se sale de la universidad sin haber hecho siquiera un estudio sistemático de la evidencia de las intervenciones, ni de toda esa narrativa bioquímica dada por buena. Lo mismo es que una medicina basada en evidencias vende menos fármacos que una medicina basada en alegorías bioquímicas e intervenciones dirigidas a la modificación de marcadores mediante una lógica inductiva reduccionista. Vaya usted a saber. El mismo esquema lógico aplica a la nutrición: comer buenos alimentos es más importante que reducir las grasas saturadas, o el colesterol en analíticas, como dicta un razonamiento reduccionista.
En definitiva, los estudios controlados realizados hasta la fecha muestran que tratar de disminuir las grasas saturadas en las dietas no tiene un impacto significativo en la mortalidad. Incluso aunque nuevos estudios controlados pudieran arrojar otros resultados, no esperamos diferencias absolutas grandes en las conclusiones. La lógica probabilística hace evidente que un elemento aislado de un conjunto enorme de nutrientes que participan en una fisiología dirigida por la homeostasis, debe traducirse en relaciones de riesgo pequeñas. Las dificultades en la estimación de efectos tiende a producir sobrevaloraciones de aspectos menores e infravaloraciones de aquello que es más relevante, por lo que los hallazgos de estos estudios son más importantes si se tiene en cuenta que hay formas más claras de disminuir la mortalidad y el riesgo cardiovascular que reducir la ingesta de grasas saturadas: aumentar el consumo de vegetales a diario, disminuir el consumo de productos ultraprocesados (incluído con el reclamo de "grasa poliinsaturada" como márketing), o consumir a diario un poco de aceite de oliva virgen extra por citar 3 de los más básicos. El resto es confundir el orden de prioridades. El contexto alimentario general es más importante que la categoría bioquímica de un nutriente, y lo mismo puede razonarse con los alimentos ultraprocesados, siendo lo de menos si están producidos con grasas saturadas o insaturadas (otra cosa serían las grasas trans industriales). En ICNS llevamos más de una década exponiendo la realidad detrás de las afirmaciones sobre las grasas promocionadas por los expertos que dicen representar "la ciencia", sin evidencia alguna. La promoción de ciertos productos alimentarios y el festival de fármacos prescritos bajo criterios de modificación de analíticas quizás tengan algo que ver.
FISIOPATOLOGÍA Y MECANISMOS
Las enfermedades cardiovasculares siguen siendo la principal causa de mortalidad en el mundo, y su origen implica aspectos genéticos, metabólicos, nutricionales, así como ambientales y de estilo de vida en general. Durante décadas, la idea de que las grasas saturadas aumentan el riesgo cardiovascular ha estado sustentada sobre todo en estudios observacionales realizados en el S.XX, en los que se observó una asociación entre un mayor consumo de estas grasas y mayor enfermedad cardiovascular. Los ácidos grasos saturados (grasas saturadas) son un tipo de ácidos grasos que se encuentran en alimentos de origen animal (como carnes y lácteos) y en algunos aceites vegetales (como el de coco o palma). Estos lípidos se caracterizan por no contener dobles enlaces en su cadena de carbono, lo que les confiere una estructura estable, formando parte de membranas celulares. Tradicionalmente, se ha atribuido a las grasas saturadas un efecto hipercolesterolémico, al observarse que su consumo puede aumentar los niveles plasmáticos de colesterol total y, en particular, de lipoproteínas LDL. Este efecto ha sido interpretado como un mecanismo que explicaría un mayor riesgo cardiovascular. También se han investigado posibles efectos pro-inflamatorios de algunos de estos ácidos grasos a nivel celular a través de receptores como TLR4. Por otro lado, distintos ácidos grasos saturados también pueden tener funciones positivas, por ejemplo a nivel estructural estabilizando las membranas celulares, y participando en las funciones fisiológicas y endocrinas de los rafts lipídicos, además de otros efectos biológicos modulando la microbiota, la inmunidad y la inflamación.ESTUDIO
Una revisión sistemática y meta-análisis reciente (Yamada et al., 2025) ha evaluado el impacto de disminuir la ingesta de grasas saturadas sobre la enfermedad cardiovascular y la mortalidad general. El análisis incluyó nueve ensayos clínicos aleatorizados, con más de 13.000 adultos, en su mayoría personas con antecedentes de infarto de miocardio o enfermedad coronaria estable, procedentes de Europa, Estados Unidos, Australia e India. Las intervenciones consistieron en reducir el aporte energético de grasas saturadas mediante dietas bajas en grasas animales, con sustitución parcial por aceites vegetales ricos en ácidos grasos poliinsaturados, variando tanto el grado de restricción como la duración del seguimiento (2 a 8 años). El grupo control generalmente mantuvo una dieta habitual, sin restricciones específicas. Los principales desenlaces fueron mortalidad cardiovascular, mortalidad total, infarto de miocardio y eventos coronarios mayores. El accidente cerebrovascular se evaluó en un número menor de estudios.RESULTADOS PRINCIPALES
Los resultados mostraron que la reducción de grasas saturadas no se asoció a una disminución significativa en la mortalidad por todas las causas, ni en la mortalidad cardiovascular en comparación con los grupos control. Tampoco se observó una relación dosis-respuesta entre la magnitud de la reducción del consumo de grasas saturadas y el riesgo de los desenlaces analizados. La exclusión de estudios con alto riesgo de sesgo no alteró sustancialmente los resultados, aunque la mayor parte de los estudios presenta limitaciones metodológicas. Los resultados no obstante son consistentes con revisiones sistemáticas previas de estudios controlados, y con otras líneas de investigación que muestran que la reducción de grasas en general no reduce la mortalidad.CONCLUSIÓN Y RELEVANCIA CLÍNICA
Dado que esta visión negativa de las grasas saturadas ha sido ampliamente difundida en facultades de medicina y nutrición, así como por diversas asociaciones médicas y científicas, vamos a realizar algunos comentarios importantes. Los resultados del meta-análisis de Yamada et al 2025, pese a que la conclusión no es novedosa respecto a otras revisiones sistemáticas realizadas en los últimos años, cuestionan nuevamente las recomendaciones tradicionales basadas en limitar este nutriente como pilar central de la prevención cardiovascular. Mientras que han existido estudios epidemiológicos que han mostrado relaciones positivas con el riesgo cardiovascular, estas diferencias, aparte de ser pequeñas y de carácter observacional, son menores que el efecto potencial de múltiples factores de confusión sin controlar. Contrariamente, la evidencia proveniente de estudios controlados no respalda la reducción de grasas saturadas como una estrategia eficaz para disminuir la mortalidad general o la mortalidad cardiovascular.Existe un extenso meta-análisis previo realizado por el grupo de Cochrane (Hooper et al, 2020), que muestra resultados consistentes en cuanto a mortalidad por cualquier causa y mortalidad cardiovascular. No obstante, comparando ambas revisiones sistemáticas encontramos algunas diferencias relevantes. Por ejemplo, hay estudios importantes no incluídos en el meta-análisis más reciente de Yamada et al, como el Women´s Health Initiative 2006, Ley et al, 2004, o Women´s Intervention Nutrition Study 2006. Son estudios relevantes, por ser más recientes que la mayor parte de los ensayos clínicos incluídos en ambas revisiones, y por tener mayor peso potencial para el efecto combinado que todo el meta-análisis de Yamada y colaboradores. No obstante, los resultados de estos estudios son consistentes con las conclusiones generales no encontrando efectos significativos, por lo que su inclusión no cambia las mismas. El motivo de la exclusión de tales estudios del meta-análisis de Yamada et al. son los criterios de inclusión más astringentes, limitando los ensayos clínicos incluídos a la restricción de grasas saturadas como objetivo específico, mientras que la revisión Cochrane incluye estudios con intervenciones dietéticas más amplias en las que exista una disminución de grasas saturadas. No obstante, la revisión Cochrane también incluye un análisis de subgrupos seleccionando estudios con el objetivo específico de reducción de grasas saturadas, sin que nuevamente suponga ningún cambio en las conclusiones.
Entre las principales limitaciones del meta-análisis de Yamada et al, destaca la antigüedad de los ensayos incluidos y la ausencia de pre-registro. No obstante, si comparamos los estudios más antiguos y más recientes, no se aprecian grandes diferencias en las conclusiones. Dado el tipo de intervención y la imposibilidad de cegar a los participantes en un protocolo nutricional, ningún ensayo fue calificado como de bajo riesgo de sesgo en todos los dominios. Con todo, los estudios abarcan un tamaño muestral importante, y la mortalidad es una variable menos sujeta a sesgos. Aunque la mayor parte de las intervenciones se realizaron en contextos de prevención secundaria, dos ensayos clínicos fueron de prevención primaria, sin que muestren tampoco diferencias destacables respecto al efecto observado en el resto de estudios. Otra limitación relevante es que en una intervención alimentaria no se disminuye la grasa saturada de manera aislada, sino que más bien se están reemplazando unos alimentos por otros. En gran parte de los estudios, la restricción de grasas saturadas se realizó mediante sustitución por grasas poliinsaturadas. No obstante, el análisis de subgrupos de Hooper en Cochrane muestra que las conclusiones no varían significativamente según el tipo de macronutriente de reemplazo. De hecho, los efectos hallados son robustos, manteniéndose las mismas conclusiones en prácticamente todas las comparaciones adicionales realizadas: reducciones de colesterol alcanzadas, riesgo de sesgo, duración del seguimiento de los distintos estudios, sexo, etc. Otra limitación de los estudios es que hay diferentes ácidos grasos saturados, con diferentes efectos biológicos, y formando parte de alimentos más saludables que otros.
Mientras que reemplazar grasas saturadas por grasas insaturadas o cierto tipo de carbohidratos puede reducir el colesterol LDL, esta reducción no se traduce necesariamente en una menor incidencia de eventos cardiovasculares o de mortalidad. La lógica mecanicista implícitamente aprendida en las facultades de medicina y ciencias de la salud es una parte sustancial del problema, promoviendo un razonamiento inductivo constante desde lo particular, que comienza con el primer día mismo de clase. La medicina basada en la evidencia requiere razonar deductivamente desde una premisa mayor sustentada en las consecuencias clínicas, llegando a la conclusión mediante la premisa menor. Lo contrario supone elaborar un razonamiento especulativo bajo un suspuesto reduccionista de partida. No significa que sea la única manera de razonar, pero debe comenzarse por estudiar la evidencia sobre desenlaces duros investigados de forma sistemática en primer lugar. Los psicólogos dedicados al estudio de la lógica y la toma de decisiones llevan aproximadamente 50 años estudiando los problemas de razonamiento probabilístico de los médicos, ampliamente documentados. Por alguna razón, no se querido poner solución a esto en las facultades de medicina, mediante asignaturas específicas de epistemología y lógica aplicada a la clínica. Más aún, se sale de la universidad sin haber hecho siquiera un estudio sistemático de la evidencia de las intervenciones, ni de toda esa narrativa bioquímica dada por buena. Lo mismo es que una medicina basada en evidencias vende menos fármacos que una medicina basada en alegorías bioquímicas e intervenciones dirigidas a la modificación de marcadores mediante una lógica inductiva reduccionista. Vaya usted a saber. El mismo esquema lógico aplica a la nutrición: comer buenos alimentos es más importante que reducir las grasas saturadas, o el colesterol en analíticas, como dicta un razonamiento reduccionista.
En definitiva, los estudios controlados realizados hasta la fecha muestran que tratar de disminuir las grasas saturadas en las dietas no tiene un impacto significativo en la mortalidad. Incluso aunque nuevos estudios controlados pudieran arrojar otros resultados, no esperamos diferencias absolutas grandes en las conclusiones. La lógica probabilística hace evidente que un elemento aislado de un conjunto enorme de nutrientes que participan en una fisiología dirigida por la homeostasis, debe traducirse en relaciones de riesgo pequeñas. Las dificultades en la estimación de efectos tiende a producir sobrevaloraciones de aspectos menores e infravaloraciones de aquello que es más relevante, por lo que los hallazgos de estos estudios son más importantes si se tiene en cuenta que hay formas más claras de disminuir la mortalidad y el riesgo cardiovascular que reducir la ingesta de grasas saturadas: aumentar el consumo de vegetales a diario, disminuir el consumo de productos ultraprocesados (incluído con el reclamo de "grasa poliinsaturada" como márketing), o consumir a diario un poco de aceite de oliva virgen extra por citar 3 de los más básicos. El resto es confundir el orden de prioridades. El contexto alimentario general es más importante que la categoría bioquímica de un nutriente, y lo mismo puede razonarse con los alimentos ultraprocesados, siendo lo de menos si están producidos con grasas saturadas o insaturadas (otra cosa serían las grasas trans industriales). En ICNS llevamos más de una década exponiendo la realidad detrás de las afirmaciones sobre las grasas promocionadas por los expertos que dicen representar "la ciencia", sin evidencia alguna. La promoción de ciertos productos alimentarios y el festival de fármacos prescritos bajo criterios de modificación de analíticas quizás tengan algo que ver.
#grasassaturadas #enfermedadcardiovascular
Referencias:
Yamada, S et al, 2025. Saturated Fat Restriction for Cardiovascular Disease Prevention: A Systematic Review and Meta-analysis of Randomized Controlled Trials. JMA Journal, 8(2), 395-407. https://doi.org/10.31662/jmaj.2024-0324
Hooper, L., Martin, N., Jimoh, O. F., Kirk, C., Foster, E., & Abdelhamid, A. S. (2020). Reduction in saturated fat intake for cardiovascular disease. Cochrane Database of Systematic Reviews, (8). Art. No.: CD011737. https://doi.org/10.1002/14651858.CD011737.pub3

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