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Azúcar, cocaína y "adicción" a la comida

Azúcar, cocaína y
Alfonso Bordallo
MPH, MSc
En este artículo analizamos por qué los alimentos altamente palatables pueden producir recompensa y patrones impulsivos o compulsivos de ingesta. Sin embargo, la adicción no es solo recompensa ni dopamina en sentido neurobiológico, también es conducta, aprendizaje, contexto, vulnerabilidad individual y pérdida de control. Por ello, hacemos una reflexión de cierta complejidad sobre todo ello.

ADICCIÓN A LOS ALIMENTOS

Se ha afirmado que los alimentos ultraprocesados generan "adicción" en el mismo sentido en que lo hacen sustancias como puedan ser la nicotina, la cocaína o el alcohol. Muchos productos ultraprocesados están directamente diseñados para maximizar la señal de recompensa con una mezcla de densidad calórica, textura, combinación grasa-azúcar-sal, aditivos, textura, etc. Esto puede producir ciertas neuroadaptaciones en circuitos de recompensa y en algunos casos dificultades con el control inhibitorio que se solapan parcialmente a las observadas en las adicciones "clásicas".

Más bien, podríamos decir que ciertos productos ultraprocesados de alta densidad calórica y altamente palatables pueden incentivar un mayor consumo, y en algunas personas con rasgos más vulnerables, incluso desinhibir un consumo más impulsivo (más guiado por incentivo hedónico), o compulsivo (más guiado por aprendizaje y refuerzo negativo). La comida densamente calórica es más reforzante que la comida de menor densidad calórica, es decir, produce una mayor señal de recompensa en el cerebro por su mayor densidad energética. Neuroevolutivamente, esto sugiere que el sistema de recompensas prioriza la consecución de alimentos que aportan más energía, así como señales asociadas como el dulce, o lo salado que anticipa un sodio fundamental para los organismos, lo cual es compatible con una lógica evolutiva. Los organismos evolucionaron en un medio acuático rico en sales, y la fisiología animal depende desde muy temprano de gradientes iónicos, especialmente de sodio, potasio y cloro, por lo que, cuando los organismos colonizaron medios terrestres, la obtención de sodio pasó a ser un problema importante.

Ciertas combinaciones de macronutrientes producen mayor señal de recompensa (carbohidratos refinados y grasa, sal, incluso alguna pizca de azúcar, y aditivos como potenciadores del sabor y otros para mejorar la propia textura en la boca, etc.). Sin embargo, esto por sí solo no produce una "adicción a la comida".

¿QUÉ ES UNA ADICCIÓN?

Debe analizarse en primer lugar el concepto de adicción, que suele percibirse como un efecto bioquímico de una sustancia sobre el cerebro. Sin embargo, para hablar de adicción no basta con que un estímulo active circuitos dopaminérgicos o resulte altamente placentero. No estamos ante un efecto simplemente bioquímico, siendo un constructo complejo definido más bien por un consenso clínico que suele incluir criterios como una pérdida de control sobre la conducta, craving, dificultades para inhibir la respuesta, aprendizaje condicionado ante señales ambientales o persistencia en el tiempo pese a consecuencias negativas. La determinación de una adicción no requiere obligatoriamente criterios biológicos típicos de tolerancia o abstinencia. Son dos criterios posibles, pero una persona puede tener adicción sin abstinencia clara, y también puede existir tolerancia/abstinencia por uso prolongado sin que exista una conducta adictiva. Por tanto, uno de los problemas es dar por asumido un concepto tan complejo como el de adicción sin comprenderlo bien.

Una diferencia es que algunas sustancias tienen un componente farmacológico que podríamos considerar como suficiente para producir una conducta adictiva, por ejemplo pudiendo producirse con la simple administración pasiva de la sustancia, sin que se den otros aspectos conductuales ni contextuales adicionales. Es decir, existen algunas sustancias que pueden crear neuroadaptaciones que resulten en una conducta adictiva, producida a nivel "farmacológico puro". Infusiones intragástricas de glucosa o nutrientes pueden condicionar preferencias por sabores o aumentar la ingesta, lo que muestra que la glucosa puede tener valor reforzante más allá de la fase cefálica (sin disfrutar su sabor, etc), pero no se produce un refuerzo como el observado con otras sustancias que pueda ser compatible con el desarrollo de un patrón adictivo.

No obstante, también en aquellas adicciones consideradas más puramente "farmacológicas", existe un componente conductual y contextual: un ritual de administración, aprendizaje operante, señales ambientales que han quedado condicionadas, etc. Es decir, muchas de las sustancias clásicamente consideradas adictivas no lo son únicamente por un efecto farmacológico pasivo, incluídas las "drogas duras" (viene a mi mente Escohotado, claro). Por ejemplo, algunos estudios ha mostrado que la administración activa de sustancias clásicamente consideradas adictivas puede ser más reforzante que su mera administración pasiva, variando el valor del refuerzo en función del modelo, administración, contingencias y contexto. Esto implica que hay un componente conductual y también contextual que participa en el refuerzo, produciendo un aprendizaje ante estímulos, respuestas operantes reforzadas, etc.

Se ha afirmado que el dulce produce más adicción que la cocaína, en referencia generalmente a un conocido estudio (Lenoir et al., 2007). Sin embargo, más bien existe una tarea experimental de preferencia, en la cual las ratas elegían más a menudo el estímulo dulce que la cocaína, el cual también ocurría con agua endulzada con sacarina. Del estudio no se deducen neuroadaptaciones, neurotoxicidad o una abstinencia más severa del azúcar respecto a la cocaína, sino que simplemente el dulzor ganó la elección conductual respecto a la preferencia por la cocaína. Esto más bien muestra que el dulce es un incentivo importante para el sistema nervioso, pero no suelen percibirse patrones adictivos relacionados con la ingesta de sacarina. Es decir, la recompensa asociada a los mecanismos de ingesta no se ve sistemáticamente anulada por el consumo de drogas como la cocaína cuando hay disponibilidad de otros estímulos sensoriales alternativos relevantes. La cocaína no obstante produce niveles presinápticos de dopamina mayores que el dulce, y a pesar de ello, incluso las ratas previamente condicionadas a la cocaína mostraban preferencia a acceder al agua con sacarina, lo que deja una perspectiva interesante sobre la visión de adicción a las "drogas duras" como algo simplemente neurobiológico e inevitable. Quizás la señalización opioidea estriatal pueda orientar la preferencia a pesar de la mayor dopamina presináptica relacionada con la cocaína.

Los animales no obstante también prefieren recompensas diferentes a sustancias, por ejemplo recompensas sociales, como simplemente la posibilidad de pasar tiempo con otras ratas. Los modelos experimentales de la adicción en animales a menudo presentan el problema de estar sometidos a elecciones forzadas. En muchos casos, los animales pasan 24 horas al día solos y aislados, existiendo prácticamente un único elemento conductual disponible en el medio: tirar de una palanca que produce la administración de una sustancia. El mismo hecho de tirar de esa palanca depende en primer lugar de crear una amputación conductual y vital del animal, para forzarle a tal elección experimental. Esto produjo una visión científica reduccionista de la adicción. En estudios en condiciones menos forzadas, donde los animales tienen un ambiente menos restringido, con mayor disponibilidad de estímulos y recompensas diversas con las que desarrollar una conducta más flexible en el medio, la elección de drogas respecto a otras alternativas de conducta tiende a disminuir.

Esto es extrapolable a las personas. Una persona no se encuentra en la vida real ante una elección experimental "cocaína o nada", sino ante una elección en un contexto más amplio: cocaína y trabajo, vínculo, amigos, juego, relaciones de pareja, familia, propósitos, etc. La adicción debe estar relacionada con una dificultad en tales aspectos conductuales y vitales. Esto conduciría a la visión de la adicción como un problema de elección, existiendo dos planos fundamentales: neurocognitivo (la capacidad individual de la persona para tomar decisiones, evaluar consecuencias, alternativas, etc, altamente ejecutiva) y ambiental (las posibilidades que ofrece un ambiente concreto a la persona). Pero también la "adicción a las pantallas" y las crecientes conductas compulsivas como autolesiones en niños y adolescentes tiene mucho que ver con la reducción del ambiente, la pérdida de vida libre y juego corporal.

EL DIAGNÓSTICO DE ADICCIÓN A LA COMIDA

Existen herramientas como la Yale Food Addiction Scale (YFAS), y una amplia literatura que sugiere que los ultraprocesados pueden producir un patrón que comparte características con los patrones que definen las adicciones clásicas. Sin embargo, la activación de la recompensa no es un criterio suficiente para hablar de adicción, y no toda ingesta frecuente, placentera, impulsiva o excesiva puede ser "diagnosticable" como una adicción con tanta facilidad.

La ingesta de comida tiene más componentes contextuales y conductuales que una perspectiva de "sustancia", por lo que sería más bien una "adicción a la conducta de consumir alimentos calóricamente densos y/o altamente palatables". Pese a ello, el término adicción seguiría siendo demasiado fuerte. La comida es reforzante no solo como sustancia, sino también por mayor sensibilidad individual a la recompensa, un sistema nervioso más impulsivo (menor control inhibitorio), y otros aspectos neuropsicológicos, produciéndose finalmente un mayor o menor aprendizaje procedimental que podríamos llamar hábito (la autogratificación puede adquirir cierto automatismo). Otra diferencia interesante es que, en el caso de la alimentación, aspectos biológicos como refuerzo o craving dependen de procesos fisiológicos básicos del organismo, solapándose con distintos procesos como hambre, señales hormonales y neuroendocrinas, etc., estando el incentivo y refuerzo integrado con la fisiología, homeostasis, y el estado energético interno. Una sustancia farmacológica es un agente exógeno, más independiente del metabolismo e incentivo homeostático-nutricional.

El concepto de adicción a la comida también es problemático como entidad nosológica, y presenta todos los problemas usuales a nivel psicométrico en salud mental, además de las inquietudes respecto al sobrediagnóstico. Es decir, no podemos crear categorías diagnósticas para cada conducta específica: adicción a la comida, adicción al patinete eléctrico, adicción al Pac Man, etc. Crear un "diagnóstico" de toda conducta que consideremos peculiar, perseverativa, excesiva, etc, es muy problemático. Las diversas manifestaciones de la conducta no suponen "enfermedades" en sí, sino que más bien son formas que vehiculizan la conducta. Incluso siendo excesivas, no basta esa "excesividad" en sí misma para implicar "problemas de salud mental", o producir categorías diagnósticas. Debe diferenciarse el hecho de que un constructo sea descriptible o medible, y que por el hecho de ser descriptible o medible deba crearse una entidad diagnóstica asumiendo una etiología propia subyacente. Por otro lado, el constructo de adicción a la comida se solapa con rasgos como impulsividad, desregulación afectiva, obesidad, e incluso con TCA, por lo que su falta de unidimensionalidad es también problemática para justificarlo como categoría concreta a nivel propiamente psicométrico. Una categoría diagnóstica también debe justificarse por su beneficio clínico y/o social.

CONCLUSIÓN

Tanto la visión biocentrista de la adicción, como la visión categorizante de los trastornos se utilizan de manera reduccionista y pobremente comprendida. Lo que llamamos adicción no es un proceso simple, sino un constructo complejo cuya delimitación atraviesa distintos planos. Es cierto que alimentos calóricamente densos y palatables pueden producir una alta señal de recompensa, y neuroadaptaciones que conectan estímulos y respuestas que pueden reforzarse. Pero el carácter reforzante también depende de la existencia de ciertas características de la persona que la predisponen a ser vulnerable ante tales estímulos. Es decir, el carácter reforzante no depende solo de una sustancia, sino de la interacción entre la sustancia y rasgos individuales, patrón de administración, alternativas disponibles en el medio, señales ambientales, etc. En el caso de la alimentación, en muchos casos sería más preciso comprender patrones de ingesta impulsivos, compulsivos, o de cierto condicionamiento, más que usar terminología como "adicción alimentaria". Donde acaba lo reforzante y empieza lo dependiente, y donde acaba lo dependiente y comienza lo adictivo, se ha dado a muchos juegos de lenguaje con motivación más política, propagandística y de control social que otra cosa.

Conceptos de psicología pop tipo "hambre emocional" y similares las hemos comentado brevemente en otra parte
#adicción #ultraprocesados #azúcar #drogas


Referencias:
Lenoir, M., Serre, F., Cantin, L., & Ahmed, S. H. (2007). Intense sweetness surpasses cocaine reward. PLoS ONE, 2(8), e698. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0000698

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